Correspondencias Mutuum – Mariangela Méndez

Nature is a temple in which living pillars
Sometimes give voice to confused words;
Man passes there through forests of symbols
Which look at him with understanding eyes.
“Correspondences”,
Charles Baudelaire

Árboles, flores, abejas, pastos, ríos, montañas, nubes, piedras… La naturaleza es la gran metáfora. El paisaje es una proyección de los sentimientos humanos, una construcción cultural que puede ser descifrada como un sistema textual en el que sus objetos —plantas, animales, insectos, minerales, agua— son leídos como símbolos, como alegorías de otras cosas.

La naturaleza es solo una idea, dijo el pintor del romanticismo francés, Eugène Delacroix. Pero el paisaje no es solo el espacio de la contemplación, vivimos en él, lo habitamos, nos envuelve y afecta, lo transitamos, lo caminamos, nos perdemos en él. Además de apreciarlo, buscamos dominarlo, conquistarlo. El paisaje también se mueve, cambia, es un escenario natural mediado por la cultura; un medio de intercambio entre lo humano y lo natural, entre lo propio y lo extraño. Visto así, el paisaje no es una entidad pura, libre de intenciones humanas, por el contrario, como construcción cultural, como agente de poder, afecta nuestra relación con la naturaleza.

La representación del paisaje en el arte ha sido uno más de esos intentos del espíritu humano por entender su medio ambiente, sin embargo, la naturaleza no sabe nada de eso que nosotros llamamos paisaje. Y nosotros sabemos poco, o nada, sobre cómo la naturaleza ha evolucionado, desde hace millones de años, en procesos descentrados, horizontales y de comunicación transversal entre especies.

Las instalaciones de Ana González proponen una suerte de paisaje donde se conjugan distintas aproximaciones a la naturaleza. En sus proyectos, la naturaleza no solo es percibida como fuente inagotable de recursos con beneficios económicos y científicos, como frontera indomable o como modelo de belleza, también es ejemplo de reciprocidad, de sabiduría y de formas de intercambio distintas a las dinámicas habituales de posesión, dominación, depredación y consumo.

En la instalación Nymphaea salvaje, realizada inicialmente para el Tropicario del Jardín Botánico José Celestino Mutis de Bogotá, se armonizan elementos naturales y artificiales, jardín del paraíso y selva brutal, rastros de colonización y saberes ancestrales de la comunidad amazónica huitoto. En esta composición de 39 flores hechas a mano, una por una, en porcelana blanca de Limoges, hay cinco especies de plantas nativas de la selva de la Amazonía colombiana: Victoria regia, Passiflora, Warczewiczella marginata, Dionaea muscipula y orquídea Gongora. Y una pieza de audio mezcla sonidos de la naturaleza con silbidos y música de piano.

De forma similar, Mutuum, su proyecto más reciente —realizado en colaboración con el biólogo Santiago Ramírez—, busca dar cuenta de un orden social basado en la colaboración y reciprocidad entre especies distintas. La obra nos muestra una relación que no es antagónica por el hecho de ser heterogénea sino que, por el contrario, se basa en una convergencia complementaria. A través de una variedad de objetos, algunos de carácter científico como fotografías, datos, taxonomías de flora e insectos, mapas de ubicación, y otros más artísticos como piezas en porcelana, dibujos y bordados, Mutuum da cuenta de la sofisticada relación entre la orquídea Gongora y la abeja Euglossa.

Para la ciencia, estas dos especies han interactuado, por millones de años para su reproducción sexual[1]. La orquídea necesita de la abeja Euglossa para tranferir su polen y así ser polinizada, y la abeja, a su vez, necesita el perfume de la orquídea para atraer a la abeja hembra y poder reproducirse. En este intercambio de equivalencias, el insecto se vuelve el órgano sexual de la flor y la flor, provee el perfume necesario para atraer a su pareja para la cópula. Este tipo de interacción, que mejora las oportunidades de supervivencia entre individuos de especies diferentes, se conoce en la biología como Mutualismo[2], de ahí el título del proyecto.

Mutuum revisa una dinámica cooperativa contraria a la que se daría entre una especie con exceso de poder sobre otra. Al tiempo, hace manifiesto otro tipo de colaboración entre el arte y la ciencia. El proyecto intenta ampliar la comprensión de ciertos procesos biológicos por medio de las herramientas del arte, buscando inspirar formas menos devastadoras de relacionarnos con la naturaleza. Así, la investigación científica de Santiago Ramírez se complementa con la interpretación simbólica, romántica y afectiva del mutualismo que hace González, quien trabaja a partir de la observación, la contemplación, los sentidos y la galantería, como formas de conservación y sanación.

En una suerte de mestizaje, como el que se puede intuir en los títulos “mutuo” y “ninfa salvaje”, estas instalaciones proponen una reciprocidad de identidades, sin territorios fijos, para desbaratar estructuras binarias al mostrar ejercicios de desplazamiento y territorialización, como el de la orquídea cuando deviene abeja y el de la abeja cuando deviene flor. La orquídea se desterritorializa adaptándose a la abeja, volviéndose una imagen de la abeja, y lo propio le sucede a la abeja cuando se vuelve una parte del aparato reproductor de la orquídea y reterritorializa a la orquídea transportando su polen. Así, la sabiduría indígena recupera el espacio científico y desde la ciencia se rescatan saberes segregados.

El desplazamiento ha sido un tema central para González, y otras formas de desalojo también están presentes en su obra, aunque no de forma explícita. Su trabajo, desde hace más de diez años, con comunidades indígenas de todo el país (Córdoba, Chocó, Cauca, Tolima, Caquetá, Amazonas) se ha centrado en quienes han sido desplazados a Bogotá huyendo de la violencia. En un intercambio de conocimientos, la artista les enseña a hacer productos artesanales más “comerciales”, respetando su sabiduría ancestral y manufactura tradicional y, a cambio, ellos le cuentan historias que nutren su investigación, por ejemplo, sobre las flores que tienen el poder de purificar y transformar el mundo[3].

Con otro tipo de gestos, González disiente de la explotación de los recursos naturales que se ha hecho en nombre del progreso. Por ejemplo, muchos de los productos de exportación de América a Europa, durante el siglo XVII, fueron los pigmentos vegetales provenientes de insectos, plantas y cortezas de árbol de la selva tropical húmeda. De las raíces de la Victoria Regia se obtiene un negro intenso con el que los indígenas se pintan, sin embargo, la artista prefiere dejar la porcelana blanca que resalta y contrasta, aún más, los exuberantes tonos de verde y los colores de la naturaleza. Así mismo, las posibilidades multiplicativas y adaptativas de la pieza de piano, compuesta por Miguel Carrillo, en ambas instalaciones, evidencian esa transformación de la naturaleza en civilización, que deja a su paso devastador las evidentes consecuencias de la explotación de recursos naturales.

La selva amazónica, húmeda y tropical, es lo opuesto a un jardín botánico. Su densidad ni siquiera permite imaginarla como un paisaje, tal vez sí, pero se trata de un paisaje sobrecogedor, que abruma con su abigarrada exuberancia, que aturde con su verticalidad y su infinidad de verdes. Solo las comunidades indígenas que la habitan tienen el conocimiento necesario para integrarse a la selva, para aprovechar la información de cada uno de sus recursos, sin conquistarla ni dominarla, entendiendo su inmensidad, su plenitud. Las taxonomías tradicionales son de un modelo arbóreo, vertical y jerárquico. En el modelo mutualista, en cambio, no existe centro, no hay raíz, ni tallo, ni rama, todos son lo mismo, no hay estructura de poder ni autoridad, pues se trata de una estructura abierta, heterogénea, múltiple y libre de unidades de medida.

Como lo proponen Muutum y Nymphaea Salvaje, la relación con la naturaleza no consiste en conquistar un conocimiento dominante —ese espíritu está retrasado respecto a la naturaleza—, más bien se trata de un agenciamiento de su multiplicidad, conectándo, encadenándo y alternando saberes. Para hacer cada uno de los prototipos y las piezas en porcelana, González tarda entre cuatro y seis meses ensayando pruebas sobre la manera de ensamblar y hornear las partes. Luego se cortan pétalos, pistilos, estambres, tallo y, rápidamente, se arma cada flor, o cada abeja, a seis manos, para alcanzar a hornearla mientras la forma está viva.

Muutum y Nymphaea Salvaje proponen correspondencias, conjugan conocimientos, invocan, con armonía, el hacer colectivo y cuidadoso que implica el trabajo de piezas en porcelana. Es la comprensión profunda de un sistema de colaboración, como el que opera en la naturaleza, con abundantes ramificaciones laterales, una estructura conectable, sin compartimentos, abierta, susceptible a la participación. Una suerte de organismo horizontal, equitativo y adaptativo como el rizoma; el pasto es un rizoma, las papas, las colonias de hormigas también lo son.

Se trata de una organización equilibrada, que no sigue líneas de subordinación jerárquica sino una interacción en la que cualquier elemento puede afectar o incidir en los otros. En el préstamo mutuo, en el intercambio de beneficios equivalentes,  el mutualismo de la Góngora y la Euglossa se conectan, pues a pesar de ser diferentes, tienen la capacidad de crecer, multiplicarse y expandirse en relación de la una con la otra.

El árbol y la raíz han sido los símbolos de la estructura del pensamiento occidental, un pensamiento dualista que el rizoma llama a desmantelar. Ante la dualidad, estos proyectos componen sistemas de conexiones, de multiplicidades. En vez de reducirse a una sola especie, se expande en el diálogo entre ellas.  

El paisaje es un “bosque de símbolos”, como decía Baudelaire. Al mismo tiempo, nos muestra que en la naturaleza solo hay signos, como en el lenguaje, abiertos a infinitas lecturas. En el uso de cada signo está su significado, así se libera la naturaleza y se abre en nuestro horizonte la posibilidad de un mundo fértil, incluyente, raro, libre y abundante.

Mariangela Méndez
Profesora Asociada, Departamento de Arte, Universidad de los Andes.

[1]Los machos en la especie de abejas Euglossa se caracterizan por recolectar las esencias aromáticas de ciertos tipos de orquídeas. Estas orquídeas no tienen néctar, así que no ofrecen alimento a sus polinizadores, pero los machos son atraídos por su fuerte aroma y las visitan para recolectar estos compuestos aromáticos y los almacenan en sus patas posteriores. Los machos usan estas esencias en la producción de atractivos sexuales, necesarios para encontrar una hembra para copular y, mientras recolectan los perfumes, realizan la polinización que necesita la orquídea Gongora.

[2] Del latín mutuus: recíproco, mutuo; y mutare: cambio.

[3] La Victoria Regia, de la familia Nymphaea, es el nenúfar o lirio de agua más grande que se conoce y fue taxonomizada inicialmente por un inglés que la nombró en honor a la Reina Victoria de Inglaterra. En la etnia huitoto, en cambio, los saberes se basan en la palabra —ráfue, “cosa salida de la boca”, de ra “cosa” y fúe “boca”—. Los nombres remiten a una tradición ancestral atenta a las bondades y a las cualidades intrínsecas de cada planta, que debe ser nombrada de acuerdo a su uso. Así, la Victoria Regia es, en su lengua, Joraimo comuide ratoki, es decir, “planta de agua que purifica el agua”.