Ana Gonzalez Rojas

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Diario De Un Viaje De Regreso Al Origen Perdido – Ruvén Afanador

Ana González y Ruvén Afanador

Dicen que el mundo está cambiando… pero ellos no. Siguen ahí, como hace cientos y a veces miles de años. Nos observan imperturbables, tal vez con algo de curiosidad, pero con más entendimiento y compasión. Y nosotros ahí, sintiendo solo admiración por seres que vienen de una cultura indígena ancestral heredada, no de las letras y la escritura que le habla siempre a la razón, sino de lo hablado, lo escuchado, lo tejido y lo cantado que nos llega al alma.

Desde un mundo dominado por la energía masculina del pensamiento, de lo tangible y lo terrenal, se siente la fuerza femenina de la intuición, de lo que no se piensa sino que se siente, que da vida, que sana y que alimenta.

Ellos son naturaleza, no la cuidan solamente, sino que la entienden y hablan con ella, se bañan y duermen en ella, la escuchan, le piden permiso y perdón. Le bailan y le cantan en ceremonias que marcan sus ciclos de vida, nacimientos, cosechas, veranos e inviernos…

Y así, solo hacen evidente nuestra ignorancia. Queremos salvarlos, protegerlos, educarlos, cuidarlos, ayudarlos como si nos necesitaran. Como si no entendiéramos que lo que ellos necesitan es que dejemos su mundo en paz, que les dejemos su espacio, que solo escuchemos y entendamos…

Durante más de tres años recorrimos un territorio hoy llamado Colombia, en el que habitan más de cien culturas indígenas. De ellas, retratamos las veintiséis comunidades más escondidas y remotas, que aún no han desaparecido por el impacto de los colonos o de la civilización, que tienen algo que contar, que llevan todavía el secreto de su historia en sus aldeas, sus lenguajes, sus vestidos, sus oficios, sus chagras, sus medicinas y su cotidianidad. Viajamos por esa Colombia secreta que, por un lapso de tiempo muy corto, nos abrió sus puertas gracias a la firma de los Acuerdos de Paz en el 2016.

Pudimos entrar en culturas tan alejadas y secretas, donde nos mostraron que no todo lo que brilla es oro. Que El Dorado está en la naturaleza que tanto ignoramos, en el poder de escuchar al otro, en el banco del pensamiento, o hilando un telar o una mochila en círculos. Todo es circular. El agua, la vida, la muerte, la siembra de la chagra, las vueltas de la jigra misak o de la mochila kogui…

En sus tejidos y oficios escriben la historia de la humanidad. Trama y urdimbre son como la vida, como hilos de momentos que se tejen para hacer un gran tapiz. Son hilos que como el río alimentan la vida, se van adentrando en las selvas del pensamiento y sanan las heridas del alma.

Vimos cómo culturas ancestrales tan antiguas como la inga, heredera de los incas, o la kogui, heredera de los taironas, hacen hermosos pagamentos y danzas evocando el perdón por lo que les hemos hecho a los otros y a la naturaleza. Pagamentos como el de los koguis cuando siembran un cuarzo para ofrecerlo a la Madre Tierra y que de ahí nazca un río, porque dicen que el cuarzo es la semilla del agua… O pagamentos como el carnaval del Valle de Sibundoy, en el Putumayo, en el que se pide perdón a todos los seres cercanos, bailando y evocando los tiempos desde antes de ser conquistados, o el hermoso baile del chontaduro en el Amazonas, en el cual se le pide permiso a la Madre Tierra por recoger sus frutos, cazar sus animales, y se pide por la fertilidad y la buena abundancia de todos. Vimos también cómo culturas tan ancestrales como la emberá-chamí, ahora desplazadas en los barrios más pobres de Bogotá por la minería y los cultivos de coca, cosían sus vestidos de protección y sus collares de chaquiras, que en otro tiempo fueron piedritas de barro, haciendo flores y colibríes de colores, las aves mensajeras de los dioses. Y llegamos a los desiertos rojos en las tierras wayúus, donde las mujeres se pintan la cara de negro para protegerse del sol y de los malos espíritus que vuelan con el viento.

Así, en un proceso que se convirtió casi en un ritual, Ruvén entraba de una manera respetuosa y silenciosa, casi ceremonial, a retratar a seres que habían querido voluntariamente darnos su tiempo, su momento. Ellos posaban ante él y su cámara con sus miradas profundas, llenas de toda la sabiduría de sus ancestros, con toda la claridad de sus ríos, con toda la belleza de sus selvas, montañas y desiertos. Ruvén solo los miraba en silencio, como en una meditación profunda, donde, sin palabras y solo con algunos gestos, se entendía que era un momento único y sagrado, de entenderlo todo en el silencio de una pausa en el tiempo que corre eternamente a velocidades tan distintas y con lenguajes tan lejanos al nuestro. Ana solo observaba y sentía, hablaba con las mujeres, entendía sus oficios y sus linajes, se sentaba con ellas de mujer a mujer para escuchar desde lo más sagrado de lo femenino qué es lo que realmente importa… Después, ya en el silencio de su estudio, llena de cuadernos y dibujos, empezaba a dar forma a aquello que no viene de la lógica de la razón, sino más bien del corazón, de la intuición. Con Ruvén, iban creando capas sobre esa primera fotografía, a veces muchos ensayos fallidos, pero que al cabo de meses de reflexión y trabajo terminaban en un mensaje, en un retazo y recuerdo de lo que fue el encuentro, un indicio de lo que es nuestro origen.

Nunca tratamos de apropiarnos de su mensaje, o de interpretar su verdad, no quisimos conceptualizar lo que vimos ni racionalizar algo tan sagrado. Fue más un encuentro de dos mundos, el nuestro y el de ellos, separados por miles de años de vida, efímero y violento, que se traduciría en una mirada intuitiva de dos artistas sobre unas comunidades que solo quieren que no se adueñen de ellas, que no las adoctrinen, que las escuchen con el corazón.

Para los koguis, el agua es origen, vida, intimidad y virginidad. También para los misaks, que son hijos del agua, de las lagunas, de la lluvia y del aguacero. La mitología gunadule y la wayúu también creen que en el origen del mundo estaban el agua y el cielo y que juntos crearon la tierra. Para los pachacuarís, el río Apaporis limpia la energía del mundo, dicen que en sus raudales de agua todo se sacude, todo se eleva. Así como para las mujeres ticunas, herederas de las míticas amazonas, el agua es la serpiente, la madre creadora, la boa, la que va por el mundo dando vida a tantos pueblos. Y así en todas las comunidades indígenas, el agua es el reflejo y la manifestación de la energía del mundo.

Hijas del agua, porque todo viene de ahí. Porque es el regreso al origen. Tal vez si entendemos de dónde venimos y lo aceptamos, podremos seguir un camino más sabio, más largo y más tranquilo, en comunión con todos los seres y la naturaleza.

Hijas del agua, porque el agua es vida, porque vibra en su elemento eterno y está presente en todas las comunidades que visitamos. De una u otra manera, tienen una historia sobre el agua, sobre el origen de sus ancestros, en las lagunas de los páramos o en los ríos que bañan las orillas de sus aldeas. En los aguaceros y las nubes, en el mar y en las nieves heladas de la Sierra donde nace el sol… En las montañas donde los misaks le dan un simbolismo al agua que viene de donde antes todo era oscuridad, pero donde llegó entonces la Madre Agua y de ella brotó el barro y del barro salieron formas humanas…

Este libro es, entonces, un pagamento a todos ellos, a la naturaleza, a los verdaderos guardianes del alma de la selva, del desierto, del páramo y de los nevados. No nos deben nada, pero nosotros sí les debemos todo. Pero no en especies, sino en escucharlos, entenderlos, aceptarlos y dejarlos continuar. Dejarlos ir sin esa arrogancia de que somos más o mejores porque somos más blancos o más cultos o más “civilizados”…

Aprendimos tanto que no se puede explicar en palabras, sentimos tanto que solo en este libro se entenderá un poco lo que cambió en el alma. Fue un viaje de dos artistas que se acercaron en un momento histórico, de manera intuitiva y sin pensamientos, a unas comunidades indígenas que tienen todo por enseñar, donde no hay juicios, solo emociones. No hay dogmas, solo intuición.

Son mundos secretos intocables, que nos abrieron sus corazones desde el encierro de sus culturas. Es en este encierro donde la niña wayúu aprende a tejer las mochilas y los chinchorros, visitada por los sabios y mayores. Donde la niña gunadule aprende a hacer las molas de protección con sus capas y colores y tiene un proceso de transformación, encerrada aprendiendo los saberes y significados de las molas, los oficios de sus tías y de sus abuelas. También en aislamiento, la niña misak aprende a tejer la jigra (mochila) y a usar el telar vertical para tejer el chumbe (cinta que ellas llevan en su cintura como símbolo de digna fertilidad). La niña arhuaca también es iniciada en los saberes de la mochila de lana y algodón, recluida en su propia casa, donde todas pasan por un encierro o mejor, un encuentro espiritual con su nueva vida de mujeres, madres y esposas.

Y así, todas las comunidades tienen un principio de oscuridad y encierro porque dicen que, en la vida, la iluminación de la transformación pasa por un periodo de ceguera, tinieblas y aislamiento. Incluso algunos niños en las culturas de la Sierra Nevada son escogidos desde pequeños para ser mamos, y es en el encierro y solo saliendo en la oscuridad de la noche que son iniciados en su larga vida espiritual.

Cada viaje nos permitió ver y sentir paisajes que aún se ven igual a como siempre han sido a través de los siglos de los siglos… Anécdotas hubo tantas, como las historias de Conchita, líder artesana wayúu, en el cabo de la Vela, que nos contó como si fuera ayer que la Araña Waleker les enseñó a tejer las mochilas y chinchorros hace cientos de años, o la mujer chamán jaguar de las gunadules, sanadora descendiente del primer jaguar de la montaña, o la niña misak con los ojos ciegos más hermosos de su tierra, o las princesas ticunas que ya no tienen diademas de oro como las amazonas que encontró Ursúa en su expedición, sino de semillas y plumas de colores inimaginables. Está el cazador de boas con el cuerpo más perfecto y sano que le ha dado la tierra o el niño que sería mamo en la Sierra, con la mirada perdida en el mundo de las águilas. También está el chamán de collar de caracoles, que nos ofreció rapé para aliviar los dolores que sanaron para siempre, o cuando mambeamos con los yaguas las hojas de coca, la hoja sagrada, para aguantar largas caminatas, el calor, el hambre, la humedad, y así nos sentimos invencibles en medio de la selva más viva y amenazante de la Amazonia. Vimos también a la mujer que en Jirijirimo tenía su pájaro amigo al hombro, como diciéndole al oído por dónde ir en la vida, y la maloca donde los chamanes dicen que son el corazón del mundo solo habiéndolo visto en sus viajes de yagé… O los nukak, que están en condiciones tan tristes por los colonos de la cocaína y la palma de aceite, que ya no tienen qué comer, nómadas ahora extraviados en una cultura sedentaria y rígida que los desprecia y le es indiferente una historia de más de doce mil años. Nómadas que todavía, y a pesar de la escasez, llevan al hombro las crías de los animales que cazan para comer, como pagando por esa presa, cargando y cuidando los hijos de ese sacrificio y evocando así, aún hoy, los dibujos rupestres de la serranía del Chiribiquete…

En las noches, durante y después de nuestros viajes, era difícil dormir… Todo lo que habíamos vivido durante esos días, después en la oscuridad, se transformaba en alucinantes sueños, entrelazando nuestra realidad con la de todos ellos. Soñamos con sus hermosos y desconocidos lenguajes y con los incesantes sonidos de la selva, del viento, del desierto, de la hamaca nocturna, del río helado, ondulante y dorado, bajando hacia el mar, con los sonidos del aguacero inesperado… con el colibrí y la danta… la yuca, la chicha, las frutas, la niebla, las ceibas gigantes de la selva profunda y las orquídeas fantasma.

Estuvimos en el mundo de las águilas, los jaguares y los delfines. En los pueblos de las nubes, de la selva y del mar. Y este es el testimonio, un diario de viajes de dos artistas maravillados con el secreto de sus ancestros y de su país llamado Colombia. Regresando al origen perdido. Regresando al secreto escondido en la naturaleza de la humanidad.

Hijas del agua somos todos…

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