Mutualismos Ancestrales - Mutuum

Mutualismos Ancestrales

 

Hace 120 millones de años, al mismo tiempo que los dinosaurios rondaban por la Tierra, una interacción mutuamente beneficial entre pequeñas criaturas aladas y plantas con flores comenzó. Esta relación ancestral, que en biología es conocida como mutualismo, tendría desde entonces un enorme impacto sobre la evolución de la vida en la Tierra.

 

Los mutualismos son asociaciones entre especies no relacionadas donde las dos partes reciben beneficios. Como ejemplo, consideremos la asociación entre un colibrí y las plantas que poliniza, o la relación entre el pólipo de un coral y las algas que viven dentro de sus células. Estos mutualismos han persistido por millones de años y son la razón por la cual existen millones de especies, particularmente en el trópico.

 

Colombia, con su gran diversidad biológica, tiene un papel importante que desempeñar en el estudio y la protección de la biodiversidad a nivel mundial. A pesar de contar con un territorio comparativamente pequeño (20,116 km2), nuestro país ostenta una de los mayores índices de biodiversidad: 1,889 especies de aves, 22,840 especies de plantas con flor, 3,274 especies de mariposas, 4,010 especies de orquídeas. Y los números siguen… Sin embargo, esta riqueza magnífica y exuberante está en grave peligro de desaparecer. La severidad de la actual tasa de extinción de especies a nivel global es comparable con cualquiera de las cinco extinciones masivas que azotaron el árbol de la vida en el pasado. Y aunque aproximadamente el 99.9% de las especies que han habitado la Tierra se han extinguido a través de procesos naturales, nosotros tenemos la obligación moral de actuar y proteger el legado natural que tenemos ahora, y que podemos perder para siempre.

 

Un ejemplo tangible de nuestra dependencia del mundo natural es ilustrado por esta cifra: aproximadamente 80% de los alimentos vegetales que consumimos a diario desaparecerían de inmediato sin el servicio de polinización que nos prestan las abejas. Con cada especie que desaparece, no solo se pierden millones de años de historia evolutiva, también se extinguen un gran número de interacciones ecológicas que son necesarias, como los mutualismos. El gran ecólogo y conservacionista Daniel H. Janzen alguna vez dijo que “Lo que escapa a los ojos, sin embargo, es un tipo de extinción mucho más insidiosa: la extinción de las interacciones ecológicas”.

 

Aunque históricamente hemos prestado poca atención a los impresionantes recursos naturales de nuestro país, tenemos una increíble oportunidad de conocer y proteger esta riqueza natural, y la reflexión desde el arte puede contribuir a este propósito. Este es precisamente uno de los logros de la obra de Ana González; la obra Mutuum es una investigación detallada, concienzuda y erudita sobre el significado literal y alegórico del concepto biológico de mutualismo.

En particular, Mutuum explora la intrigante relación existente entre las orquídeas del género Gongora y las abejas del género Euglossa, ambos ampliamente diversos en los bosques húmedos tropicales de Colombia. A través de las investigaciones realizadas por mi grupo de estudio durante los últimos 15 años, hemos logrado entender cómo, cuándo y dónde evolucionaron las especies involucradas en esta interacción. También hemos logrado entender los mecanismos que han generado nuevas especies y las fuerzas de selección que las han moldeado. Las abejas y las orquídeas han captado la atención de científicos desde la época de Darwin por el inusualcomportamiento de colecta de perfumes que presentan los machos. A lo largo de su vida, los machos abeja colectan sustancias aromáticas (perfumes) de flores de varios grupos de orquídeas para almacenarlas en cavidades especializadas de sus patas posteriores para luego utilizarlas en el comportamiento de cortejo con las hembras. A cambio, las plantas reciben servicios de polinización. Esta asociación es tan íntima que las orquídeas solo producen fragancias como recompensa y por tanto las abejas macho son sus únicos polinizadores. Si desaparece una especie de abeja, en promedio desaparecen unas tres especies de orquídeas.

 

Durante el ultimo año, he colaborado con Ana para el desarrollo del proyecto Mutuum; ella desde la estética del arte y yo desde la ciencia. Ha sido una experiencia enriquecedora para los dos y mi participación en este proyecto me ha dado una perspectiva única sobre la capacidad que tiene el arte para relacionarse con el conocimiento científico, la historia natural y la evolución orgánica. Al mismo esta colaboración ha demostrado que mis investigaciones científicas toman más fuerza al ser interpretadas desde la perspectiva del arte. Al establecer este diálogo íntimo entre ciencia, mundo natural y estética, esa barrera que ha prevenido que la ciencia y el conocimiento detallado del mundo natural le llegue al público general ha sido eliminada. Esta colaboración demuestra que el arte puede usarse como vehículo para difundir de manera efectiva conceptos científicos abstractos, oscuros, y a veces esotéricos. Y que existe la esperanza de que diálogos colaborativos como éste algún día puedan tener un impacto para ayudar a preservar esa diversidad biológica que tanto nos conmueve.

 

La obra de Ana debe ser tomada no solo como una aproximación original y relevante que explora la conexión entre el mundo natural y la realidad social de nuestro país También debe ser vista como una propuesta novedosa que conecta áreas del conocimiento mientras que narra una historia original e inspirada en la historia natural de nuestro país. Esa historia natural que crece y se reproduce por todos lados, aún cuando nadie sepa que está ahí.

 

 

Julio 2015,

Santiago R. Ramírez

Profesor Asistente

Departamento de Evolución y Ecología

Universidad de California Davis

 

 

Correspondences

Correspondencias

 

Nature is a temple in which living pillars

Sometimes give voice to confused words;

Man passes there through forests of symbols

Which look at him with understanding eyes.

 

“Correspondences”, Charles Baudelaire

 

Árboles, flores, abejas, pastos, ríos, montañas, nubes, piedras… La naturaleza es la gran metáfora. El paisaje es una proyección de los sentimientos humanos, una construcción cultural que puede ser descifrada como un sistema textual en el que sus objetos —plantas, animales, insectos, minerales, agua— son leídos como símbolos, como alegorías de otras cosas.

 

La naturaleza es solo una idea, dijo el pintor del romanticismo francés, Eugène Delacroix. Pero el paisaje no es solo el espacio de la contemplación, vivimos en él, lo habitamos, nos envuelve y afecta, lo transitamos, lo caminamos, nos perdemos en él. Además de apreciarlo, buscamos dominarlo, conquistarlo. El paisaje también se mueve, cambia, es un escenario natural mediado por la cultura; un medio de intercambio entre lo humano y lo natural, entre lo propio y lo extraño. Visto así, el paisaje no es una entidad pura, libre de intenciones humanas, por el contrario, como construcción cultural, como agente de poder, afecta nuestra relación con la naturaleza.

 

La representación del paisaje en el arte ha sido uno más de esos intentos del espíritu humano por entender su medio ambiente, sin embargo, la naturaleza no sabe nada de eso que nosotros llamamos paisaje. Y nosotros sabemos poco, o nada, sobre cómo la naturaleza ha evolucionado, desde hace millones de años, en procesos descentrados, horizontales y de comunicación transversal entre especies.

 

Las instalaciones de Ana González proponen una suerte de paisaje donde se conjugan distintas aproximaciones a la naturaleza. En sus proyectos, la naturaleza no solo es percibida como fuente inagotable de recursos con beneficios económicos y científicos, como frontera indomable o como modelo de belleza, también es ejemplo de reciprocidad, de sabiduría y de formas de intercambio distintas a las dinámicas habituales de posesión, dominación, depredación y consumo.

 

En la instalación Nymphaea salvaje, realizada inicialmente para el Tropicario del Jardín Botánico José Celestino Mutis de Bogotá, se armonizan elementos naturales y artificiales, jardín del paraíso y selva brutal, rastros de colonización y saberes ancestrales de la comunidad amazónica huitoto. En esta composición de 39 flores hechas a mano, una por una, en porcelana blanca de Limoges, hay cinco especies de plantas nativas de la selva de la Amazonía colombiana: Victoria regia, Passiflora, Warczewiczella marginata, Dionaea muscipula y orquídea Gongora. Y una pieza de audio mezcla sonidos de la naturaleza con silbidos y música de piano.

 

 

De forma similar, Mutuum, su proyecto más reciente —realizado en colaboración con el biólogo Santiago Ramírez—, busca dar cuenta de un orden social basado en la colaboración y reciprocidad entre especies distintas. La obra nos muestra una relación que no es antagónica por el hecho de ser heterogénea sino que, por el contrario, se basa en una convergencia complementaria. A través de una variedad de objetos, algunos de carácter científico como fotografías, datos, taxonomías de flora e insectos, mapas de ubicación, y otros más artísticos como piezas en porcelana, dibujos y bordados, Mutuum da cuenta de la sofisticada relación entre la orquídea Gongora y la abeja Euglossa.

 

Para la ciencia, estas dos especies han interactuado, por millones de años para su reproducción sexual[1]. La orquídea necesita de la abeja Euglossa para tranferir su polen y así ser polinizada, y la abeja, a su vez, necesita el perfume de la orquídea para atraer a la abeja hembra y poder reproducirse. En este intercambio de equivalencias, el insecto se vuelve el órgano sexual de la flor y la flor, provee el perfume necesario para atraer a su pareja para la cópula. Este tipo de interacción, que mejora las oportunidades de supervivencia entre individuos de especies diferentes, se conoce en la biología como Mutualismo[2], de ahí el título del proyecto.

 

Mutuum revisa una dinámica cooperativa contraria a la que se daría entre una especie con exceso de poder sobre otra. Al tiempo, hace manifiesto otro tipo de colaboración entre el arte y la ciencia. El proyecto intenta ampliar la comprensión de ciertos procesos biológicos por medio de las herramientas del arte, buscando inspirar formas menos devastadoras de relacionarnos con la naturaleza. Así, la investigación científica de Santiago Ramírez se complementa con la interpretación simbólica, romántica y afectiva del mutualismo que hace González, quien trabaja a partir de la observación, la contemplación, los sentidos y la galantería, como formas de conservación y sanación.

 

En una suerte de mestizaje, como el que se puede intuir en los títulos “mutuo” y “ninfa salvaje”, estas instalaciones proponen una reciprocidad de identidades, sin territorios fijos, para desbaratar estructuras binarias al mostrar ejercicios de desplazamiento y territorialización, como el de la orquídea cuando deviene abeja y el de la abeja cuando deviene flor. La orquídea se desterritorializa adaptándose a la abeja, volviéndose una imagen de la abeja, y lo propio le sucede a la abeja cuando sevuelve una parte del aparato reproductor de la orquídea y reterritorializa a la orquídea transportando su polen. Así, la sabiduría indígena recupera el espacio científico y desde la ciencia se rescatan saberes segregados.

 

El desplazamiento ha sido un tema central para González, y otras formas de desalojo también están presentes en su obra, aunque no de forma explícita. Su trabajo, desde hace más de diez años, con comunidades indígenas de todo el país (Córdoba, Chocó, Cauca, Tolima, Caquetá, Amazonas) se ha centrado en quienes han sido desplazados a Bogotá huyendo de la violencia. En un intercambio de conocimientos, la artista les enseña a hacer productos artesanales más “comerciales”, respetando su sabiduría ancestral y manufactura tradicional y, a cambio, ellos le cuentan historias que nutren su investigación, por ejemplo, sobre las flores que tienen el poder de purificar y transformar el mundo[3].

 

Con otro tipo de gestos, González disiente de la explotación de los recursos naturales que se ha hecho en nombre del progreso. Por ejemplo, muchos de los productos de exportación de América a Europa, durante el siglo XVII, fueron los pigmentos vegetales provenientes de insectos, plantas y cortezas de árbol de la selva tropical húmeda. De las raíces de la Victoria Regia se obtiene un negro intenso con el que los indígenas se pintan, sin embargo, la artista prefiere dejar la porcelana blanca que resalta y contrasta, aún más, los exuberantes tonos de verde y los colores de la naturaleza. Así mismo, las posibilidades multiplicativas y adaptativas de la pieza de piano, compuesta por Miguel Carrillo, en ambas instalaciones, evidencian esa transformación de la naturaleza en civilización, que deja a su paso devastador las evidentes consecuencias de la explotación de recursos naturales.

 

La selva amazónica, húmeda y tropical, es lo opuesto a un jardín botánico. Su densidad ni siquiera permite imaginarla como un paisaje, tal vez sí, pero se trata de un paisaje sobrecogedor, que abruma con su abigarrada exuberancia, que aturde con su verticalidad y su infinidad de verdes. Solo las comunidades indígenas que la habitan tienen el conocimiento necesario para integrarse a la selva, para aprovechar la información de cada uno de sus recursos, sin conquistarla ni dominarla, entendiendo su inmensidad, su plenitud. Las taxonomías tradicionales son de un modelo arbóreo, vertical y jerárquico. En el modelo mutualista, en cambio, no existe centro, no hay raíz, ni tallo, ni rama, todos son lo mismo, no hay estructura de poder ni autoridad, pues se trata de una estructura abierta, heterogénea, múltiple y libre de unidades de medida.

 

Como lo proponen Muutum y Nymphaea Salvaje, la relación con la naturaleza no consiste en conquistar un conocimiento dominante —ese espíritu está retrasado respecto a la naturaleza—, más bien se trata de un agenciamiento de su multiplicidad, conectándo, encadenándo y alternando saberes. Para hacer cada uno de los prototipos y las piezas en porcelana, González tarda entre cuatro y seis meses ensayando pruebas sobre la manera de ensamblar y hornear las partes. Luego se cortan pétalos, pistilos, estambres, tallo y, rápidamente, se arma cada flor, o cada abeja, a seis manos, para alcanzar a hornearla mientras la forma está viva.

 

Muutum y Nymphaea Salvaje proponen correspondencias, conjugan conocimientos, invocan, con armonía, el hacer colectivo y cuidadoso que implica el trabajo de piezas en porcelana. Es la comprensión profunda de un sistema de colaboración, como el que opera en la naturaleza, con abundantes ramificaciones laterales, una estructura conectable, sin compartimentos, abierta, susceptible a la participación. Una suerte de organismo horizontal, equitativo y adaptativo como el rizoma; el pasto es un rizoma, las papas, las colonias de hormigas también lo son.

 

Se trata de una organización equilibrada, que no sigue líneas de subordinación jerárquica sino una interacción en la que cualquier elemento puede afectar o incidir en los otros. En el préstamo mutuo, en el intercambio de beneficios equivalentes, el mutualismo de la Góngora y la Euglossa se conectan, pues a pesar de ser diferentes, tienen la capacidad de crecer, multiplicarse y expandirse en relación de la una con la otra.

 

El árbol y la raíz han sido los símbolos de la estructura del pensamiento occidental, un pensamiento dualista que el rizoma llama a desmantelar. Ante la dualidad, estos proyectos componen sistemas de conexiones, de multiplicidades. En vez de reducirse a una sola especie, se expande en el diálogo entre ellas.  

 

El paisaje es un “bosque de símbolos”, como decía Baudelaire. Al mismo tiempo, nos muestra que en la naturaleza solo hay signos, como en el lenguaje, abiertos a infinitas lecturas. En el uso de cada signo está su significado, así se libera la naturaleza y se abre en nuestro horizonte la posibilidad de un mundo fértil, incluyente, raro, libre y abundante.

 

 

Mariangela Méndez

Profesora Asociada, Departamento de Arte,

Universidad de los Andes.

 

 

 

[1]Los machos en la especie de abejas Euglossa se caracterizan por recolectar las esencias aromáticas de ciertos tipos de orquídeas. Estas orquídeas no tienen néctar, así que no ofrecen alimento a sus polinizadores, pero los machos son atraídos por su fuerte aroma y las visitan para recolectar estos compuestos aromáticos y los almacenan en sus patas posteriores. Los machos usan estas esencias en la producción de atractivos sexuales, necesarios para encontrar una hembra para copular y, mientras recolectan los perfumes, realizan la polinización que necesita la orquídea Gongora.

[2] Del latín mutuus: recíproco, mutuo; y mutare: cambio.

[3] La Victoria Regia, de la familia Nymphaea, es el nenúfar o lirio de agua más grande que se conoce y fue taxonomizada inicialmente por un inglés que la nombró en honor a la Reina Victoria de Inglaterra. En la etnia huitoto, en cambio, los saberes se basan en la palabra —ráfue,“cosa salida de la boca”, de ra “cosa” y fúe “boca”—. Los nombres remiten a una tradición ancestral atenta a las bondades y a las cualidades intrínsecas de cada planta, que debe ser nombrada de acuerdo a su uso. Así, la Victoria Regia es, en su lengua, Joraimo comuide ratoki, es decir, “planta de agua que purifica el agua”.

Nymphaea Salvaje

Nymphaea Salvaje

Por Mariangela Méndez, Profesora Asociada, Departamento de Arte, Universidad de los Andes.

 

Nature is a temple in which living pillars

Sometimes give voice to confused words;

Man passes there through forests of symbols

Which look at him with understanding eyes.

 

“Correspondences”, Charles Baudelaire

 

Árboles, flores, pastos, ríos, montañas, nubes, piedras… La naturaleza es la gran metáfora. El paisaje es una proyección de los sentimientos humanos, una construcción cultural que puede ser descifrada como un sistema textual en el que sus objetos —árboles, flores, piedras, agua— son leídos como símbolos, como alegorías de otras cosas. La naturaleza es solo una idea, dijo el pintor del romanticismo francés, Eugene Delacroix.

 

La representación del paisaje en el arte ha sido uno más de esos intentos del espíritu humano por crear armonía con su medio ambiente, sin embargo, la naturaleza no sabe nada de eso que nosotros llamamos paisaje.

 

El paisaje no es solo el espacio de la contemplación, vivimos en el paisaje, lo habitamos, nos envuelve y afecta, nos movemos por él, caminamos, nos perdemos. No solo hemos querido apreciarlo sino que hemos buscado dominarlo, conquistarlo. El paisaje también se mueve, cambia, así como también cambia la comprensión que tenemos de él. El paisaje es un escenario natural mediado por la cultura; es un espacio presentado y representado al mismo tiempo, es un medio de intercambio entre lo humano y lo natural, entre lo propio y lo extraño. El paisaje no es una entidad pura, libre de intenciones humanas, por el contrario, como construcción cultural, como agente de poder, afecta nuestra relación con la naturaleza.

 

La instalación Nymphaea salvaje, realizada especialmente para el Tropicario del Jardín Botánico José Celestino Mutis de Bogotá, es un paisaje de contrastes; una composición de 39 flores hechas a mano, una por una, en porcelana blanca de Limoges. Son plantas de cinco especies diferentes, nativas de la selva Amazónica colombiana: Victoria Regia, Passiflora, Warczewiczella Marginata, Dionaea Muscipula y orquídea Góngora. Una mezcla de sonidos de la naturaleza y silbidos que se tornan música de piano acompañan al espectador en su recorrido por el espacio donde se conjugan elementos naturales y artificiales, jardín del paraíso y selva brutal, rastros de colonización y saberes ancestrales.

 

Nymphaea salvaje pareciera haberse desarrollado a partir de la estética y las actitudes hacia el paisaje de los artistas románticos y viajeros de finales del siglo XIX. La clasificación taxonómica de las plantas —un recurso diseñado cuando la botánica se separó de la medicina— era utilizada por los jardines botánicos de Europa, en sus colonias en el trópico, para denominar las nuevasplantas descubiertas. Este afán científico del siglo XIX contrastaba con las elaboradas flores en porcelana que adornaban los escaparates de las élites europeas y las pinturas de paisajes exóticos y remotos que no parecían afectados por la civilización. Esos escenarios atraían a los pintores románticos, animados por la creencia de que en esos paisajes aún se podía apreciar el orden y la armonía “natural” que existían antes de la intervención humana.

 

Sin embargo, aunque considera ese ideal de paisaje europeo del siglo XIX, la obra Nymphaea salvaje, más que una afirmación de ese modelo, es un ejercicio de recontextualización de saberes; es una revisión de ese “ideal” desde el lugar mismo que lo ha representado. Los nombres científicos de las flores, la porcelana, el piano, el invernadero, son elementos cargados de simbolismo que contrastan con el paisaje de la selva tropical y la sabiduría indígena que reconoce a esas cinco flores, en las que se inspira la obra, como entes sagrados. En un proceso de restitución, la instalación Nymphaea salvaje le devuelve el lugar del saber, dentro de un jardín botánico, a las comunidades que han convivido con estas plantas durante siglos. Un saber que había sido desplazado por la violencia implícita en los procesos de colonización que, persiguiendo su ideal de paisaje —con frecuencia un ideal conseguido por medio de la explotación—, anularon sistemas y narrativas distintas, que estorbaban para su proceso de apropiación y colonización del paisaje tropical.

 

El desplazamiento ha sido un tema central para Ana María González, aunque no esté de forma explícita en su obra. González lleva más de diez años trabajando con comunidades indígenas de todo el país (Córdoba, Chocó, Huila, Cauca, Tolima, Caquetá, Amazonas), que han sido desplazadas a Bogotá o que han llegado a la capital huyendo de la violencia. En un intercambio de saberes, la artista les enseña a sacar productos artesanales más “comerciales”, respetando su sabiduría ancestral y manufactura tradicional y, a cambio, ellos le cuentan, por ejemplo, sobre las flores que tienen el poder de purificar y transformar el mundo.

 

En una suerte de mestizaje, anunciado desde el título, la obra “Ninfa salvaje” conjuga saberes, para que cada saber encuentre su espacio. La Victoria Regia, de la familia Nymphaea, es el nenúfar o lirio de agua más grande que se conoce. Dice la historia de la botánica occidental que la primera descripción de la planta la hizo el botánico inglés John Lindley en octubre de 1837, quien nombró la especie en honor a la reina Victoria de Inglaterra. En la etnia Uitoto, en cambio, los saberes se basan en la palabra —ráfue,“cosa salida de la boca”, de ra “cosa” y fúe “boca”—, y los nombres remiten una tradición ancestral atenta a las bondades y a las cualidades intrínsecas de cada planta, que debe ser nombrada de acuerdo a su uso. Así, la Victoria Regia es, en su lengua, Joraimo comuide ratoki, es decir, “planta de agua que purifica el agua”.

 

Tras su descubrimiento y clasificación en el siglo XIX, la planta se convirtió en objeto de competencia entre los jardineros victorianos que siempre iban tras una nueva y espectacular especie para incluir en los diseños de sus jardines e impresionar con su exotismo.

 

Los jardines ingleses, populares en el siglo XVIII, eran una visión idealizada de la naturaleza que, poco a poco, se extendió por toda Europa, reemplazando la formalidad y la simetría de los jardines franceses del siglo XVII. Joseph Paxton, naturalista y paisajista inglés, fue el primero en lograr reproducir el hábitat del lirio en noviembre de 1849. Dos años después, la planta sería la inspiración para la construcción del Palacio de Cristal, un edificio con la estructura de un invernadero, diseñado por el mismo Paxton, que albergó la Gran Exposición Universal de 1851, realizada en el Hyde Park de Londres.

 

 

A partir del siglo XVIII, los jardines botánicos europeos, cambiaron la misión de promover el aprendizaje y la gloria de dios, por el propósito de estudiar y cultivar las plantas traídas de las colonias del nuevo mundo. Sin embargo, no eran espacios realmente científicos, eran más un espacio para cultivar, mostrar, coleccionar e intercambiar semillas de plantas con gran potencial mercantil. En algún momento hubo una Victoria Regia en el Tropicario del Jardín Botánico de Bogotá, pero murió por descuido.

 

La selva amazónica, húmeda y tropical, es lo opuesto a un jardín de ese tipo. Su densidad ni siquiera permite imaginarla como un paisaje, tal vez sí, pero se trata de un paisaje sobrecogedor, que abruma con su abigarrada exuberancia, que aturde con su verticalidad y su infinidad de verdes. Solo las comunidades indígenas que la habitan tienen el conocimiento necesario para integrarse a la selva, para aprovechar la información de cada uno de sus recursos, sin conquistarla ni dominarla, entendiendo su inmensidad, su plenitud.

 

La obra Nymphaea salvaje “flota”, como la hoja de la Victoria Regia, entre la comprensión de la naturaleza a partir de los sistemas de clasificación del modelo imperial europeo —las expediciones botánicas, sus jardines de colección y su taxonomía— y la riqueza insondable e indomable de la selva amazónica, solo aprehensible de la mano de las comunidades indígenas que han aprendido a extraer el saber del territorio. A través de distintos gestos, la instalación conjuga los saberes. A veces privilegia el de los Uitoto, para quienes las flores seleccionadas para la instalación son entidades sagradas que sanan el mundo: la Victoria Regia que flota sobre el agua, purifica el agua; la Dionaea Muscipula, que es una plata carnívora, y la orquídea Góngora, de raíz aérea que habita en las cortezas de los árboles, son plantas purificadoras de aire; la Passiflora y la Warczewiczella Marginata son purificadoras de la tierra.

 

Con otros gestos, la instalación disiente de la explotación de los recursos naturales que se ha hecho en nombre del progreso. Muchos de los productos de exportación de América a Europa, durante el siglo XVII, fueron los pigmentos vegetales provenientes de insectos, plantas y cortezas de árbol de la selva tropical húmeda. De las raíces de la Victoria Regia se obtiene un color negro intenso con el que los indígenas se pintan el cabello, sin embargo, la artista prefiere dejar la porcelana blanca que resalta y contrasta, aún más, los exuberantes tonos de verde y los colores de la naturaleza.

 

Para hacer cada una de los prototipos y las piezas, González dura entre cuatro y seis meses diseñando y haciendo pruebas de la manera de ensamblar y hornear las flores. Luego se cortan pétalos, pistilos, estambres, tallo, y rápidamente se arma cada flor, a seis manos, para alcanzar a meterla al horno antes de que pierda la forma. Nymphaea salvaje propone correspondencias, propone la conjunción de saberes, invoca con armonía el trabajo colectivo implicado, a su vez, en el trabajo con porcelana.

 

La composición sonora Plantarum, que acompaña la instalación, casi como un cuento, una leyenda transmitida oralmente, parece resumir la historia de domesticación del paisaje selvático. El audio, que comienza con sonidos de la naturaleza, de insectos y aves, poco a poco involucra un silbido humano que intenta imitar el trino de los pájaros hasta que, finalmente, se transforma en una melodía de piano. La composición, aunque se percibe armónica, persigue la tensión entre el hombre civilizado y la naturaleza. Entre lo salvaje y el paisaje como construcción cultural, y narra, con las notas de la civilización europea, la violencia indómita que se agazapa en “la belleza del paisaje”.

 

Como si se tratara de una dulce melodía, Nymphaea salvaje nos arrulla mientras nos recuerda que el paisaje es un “bosque de símbolos”, como decía Baudelaire. Al mismo tiempo, nos muestra que en la naturaleza solo hay signos, como en el lenguaje, abiertos a infinitas lecturas. En el uso de cada signo está su significado, así se libera la naturaleza y se abre en nuestro horizonte la posibilidad de un mundo fértil, incluyente, raro, libre y abundante.

 

 

 

El Nuevo Herald

La artista colombiana Ana González, que crea obras de arte sobre la danza, fue escogida por Pedro Pablo Peña para diseñar el afiche del XVIII Festival Internacional de Ballet de Miami (IBFM) que se devela en la tarde del jueves 29 de agosto en el Centro Cultural Hispano de las Artes de Miami (MHCAC).

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Algunas veces sucede que las palabras y los procesos coinciden y se encuentran en circunstancias favorables. No como coincidencia o como fruto del azar, sino como resultantes de la seriedad y el compromiso con que las ideas y experiencias son tratadas y abordadas.