Pass i Flora

Pass i Flora
Una mirada a la creación artística contemporánea en Colombia
Por Gerardo Zavarce, Galería Okyo, Caracas, 2013


La propuesta que muestra Ana González (1974) joven creadora colombianos, en la galería Okyo (Caracas, Venezuela, Septiembre 2013) representa una oportunidad para explorar de manera sintética algunos de los complejos senderos que transita el arte emergente colombiano. Podemos asumir que su posición creadora deviene como expresión de una variedad de búsquedas y tradiciones propias de las prácticas artísticas en nuestras latitudes, caracterizadas por la diversidad, movilidad, transformación incesante y conflictividad, elementos que sirven de catalizadores para la activación de las experiencias propiamente creadoras.


Pass i flora

Ana González, mediante Pass i flora, se nutre propiamente del contexto colombiano, de la naturaleza y sus paisajes como metáfora de la nación, de su carácter contingente, de las historias locales, de las perspectivas de género, del oficio artesanal y de los procesos abiertos, no cicatrizados aún, por el conflicto armado colombiano.


Hay en su trabajo una convergencia de perspectivas que permiten la construcción de una poética particular, estrechamente ligada a la tradición y a la representación del territorio como campo para la conceptualización de las experiencias de las realidades. Es decir, para González el paisaje, su naturaleza, resulta una estrategia que pretende articular una imagen transformada y transformadora del contexto y el devenir contingente de sus habitantes.


Por una parte González se hace heredera de una tradición de la representación naturalista de los siglos XVIII y XIX presente, principalmente, en los trabajos de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, empresa dirigida por el sabio José Celestino Mutis (Cádiz, España, 1732 – Santa Fé de Bogotá, Colombia, 1808). De esta manera, al igual que el pintor Francisco Javier Matis (Guaduas, Colombia, 1774 – Santa Fé de Bogotá, Colombia, 1851) considerado el mejor de una excelente generación de pintores botánicos y responsable de muchas de las representaciones que componen el acervo visual de la Expedición Botánica, Ana González asume la representación de la flor de la Passiflora (Parchita [VEN], Maracuyá [BRA]), sin embargo ahora la intención no busca el horizonte de una taxonomía, o catálogo de especies, por el contrario la creadora asume la representación de la flor de la Passiflora como una estrategia para la renovación, para la pass i flora, como un juego de palabras evocador de un nuevo horizonte de significados. Su intención asume una voluntad farmacopea, shamánica en el sentido de restauración simbólica de un nuevo equilibrio, perdido en este caso por las grietas de la violencia del conflicto político en Colombia.


En el conjuntos de trabajos que integran Pass i Flora la evocación de las cualidades renovadoras de la naturaleza y de la infancia se convierten en un ejercicio constante empleado por la artista para conjurar una realidad fracturada. Pretende construir un espacio atemporal que sirve como contexto para la sanación del cuerpo social. Entonces, percibimos en las piezas que componen esta muestra cómo emerge la flora para tejer y enraizar los cuerpos escindidos de su contexto individual y colectivo.


Estas representaciones germinan las urdimbres metafóricas de una sociedad que renace, que pretende renacer. Por eso apela a la inocencia, al espacio intemporal del cuento de hadas para despertar y continuar el curso detenido de su historia. De esto se trata, lograr mediante la evocación de imágenes la continuidad del curso detenido de la historia, el estado de excepción frente al estado de excepción, como propone la investigadora colombiana Ana María Ochoa Gautier. Pero, resulta importante destacar que este ejercicio no sublima la imagen de la violencia, la muestra como memoria, como antídoto ante la amnesia y la absoluta impunidad, por eso apela al vestido de la primera comunión como último vestigio de dignidad, de arraigo de una inocencia desplazada. Por eso apela a la imagen de la flora como una proyección de la naturaleza, como revés metropolitano, lo que constituye los márgenes de la vida nacional y guarda la esencia de la vida: su renovación.


Pareciera que pretende invertir aquella expresión acuñada por José Eustasio Rivera en la novela La Vorágine: “A esta pobre patria no la conocen sus propios hijos, ni siquiera sus propios geógrafos”. Respondiendo a Rivera, las obras que integran Pass i Flora, a su manera sostienen que: al territorio colombiano lo reconocen sus creadores, sus artistas, y como cronista visual de su contexto Ana González elabora un aparato discursivo que pretende no sólo dar cuenta de lo que ocurre, sino dirigir la mirada hacia la posibilidad de su transformación. Se trata entonces de una poética de la renovación, una manera de habitar el territorio desde la voluntad evocadora de las imágenes: recuperar desde la sensibilidad aquello que constituye una cultura en raíz, aquello que conforma un conjunto específico de realidades, su tejido y cuerpo social, quizás aguardando su vestido blanco de la infancia para continuar el curso detenido de su devenir en el tiempo.