De Azúcar

De Azúcar, Un inventario y un resumen
Por E. Sokoloff, Bogotá, Galería La Cometa, 2012


Algunas veces sucede que las palabras y los procesos coinciden y se encuentran en circunstancias favorables. No como coincidencia o como fruto del azar, sino como resultantes de la seriedad y el compromiso con que las ideas y experiencias son tratadas y abordadas.


Ana González ha demostrado guiarse por este camino: el del trabajo, la profundidad y la constancia de su búsqueda,  en un oficio enraizado en la creatividad y la experimentación constantes.


Afirmar que un artista plástico es creativo resulta redundante y no invita a ninguna reflexión en torno suyo, sin embargo, cuando dicha afirmación involucra el proceso e incluso la auto-observación de dicho proceso, la lectura de la obra toma un giro y una dirección insospechadas.


Hay procesos creativos que conceptualizan, definen y desembocan en un método de acción-reacción en el que los errores hacen parte de los logros y los aciertos están sujetos al azar. Otros, por el contrario, producen, filtran y concretan; se acercan más a la manipulación de los resultados frente un interés definido a priori, donde además interviene la virtud de la previa selección.


Estos procesos que implican  auto observación, filtros y agrupaciones, logran substraer de cada artista una "reducción" de sí; se trata de una suerte de analogía en términos gastronómicos con la depuración, la esencia de los ingredientes. En términos creativos se acerca a la eliminación del ruido, la contención del azar y la expresión más pura de las ideas.


La serie De azúcar obedece a dicho “concentrado”; se genera a partir de un inventario sincrético y a la vez desemboca en un depurado resumen. En ella se reúnen diversas líneas de trabajo que Ana González lleva tratando desde hace más de una década. Aquí se suman un conjunto de obras construidas desde un proceso autocrítico, observado y cuidado,  consciente de sus potencias y debilidades, de sus intereses y preguntas. De sus obsesiones con la memoria y el olvido.


Incluye entre 35 y 40 piezas realizadas en los últimos dos años, conformadas por fotografías, esculturas, dibujos, instalaciones y pinturas. En suma, una variedad de soportes que permiten ejemplificar la pluralidad de lenguajes y de búsquedas de su propuesta artística.


La obra de Ana González guarda una cualidad especial frente a la generación de un equilibrio visible entre la tripleta de factores que se tienen en cuenta al momento de analizar una obra de arte: la forma, el tema y el color. 


Aunque sus composiciones sean espaciales, controladas y equilibradas, sería un atrevimiento reducir y ver su obra como un simple resultado puramente formalista. El rigor del arquitecto se hace presente  en cada una de sus respuestas formales; ella trabaja con el mismo dominio tanto la figura como el espacio circundante. Es consciente de los acentos pictóricos, así como de las pausas en las esculturas.


Resulta fundamental entender este racimo de significantes que se agrupan frente al  factor del tema.


Ana tiene un recorrido de más de 10 años de trabajo con la población de personas desplazadas. Su obsesión con la consolidación de una memoria colectiva que reconozca dicha complejidad social, se ve inscrito de diferentes maneras tanto en las series anteriormente trabajadas como en la actual. Aquí encontramos el argumento central de la disertación en torno a De azúcar.


El reiterado uso de iconografías locales y de referentes de la cotidianidad del pasado, como el vestido dominguero, el trompo, la pelota de letras, los festones de papel, los trompos, entre otros signos objetuales y rituales, condensan la cualidad de comportarse como un entramado de recuerdos y emociones que conecta al espectador con un flujo continuo y paralelo a nuestra conciencia del presente: el mundo de la memoria y de los recuerdos escondidos.


Pero esta memorabilia no aparece como una simple reconstrucción autobiográfica o auto referencial, sino como un poderoso vehículo que navega y se enclava en la memoria colectiva para permear el tiempo que se ha desvanecido y se ha filtrado, ocultado, fugado entre los objetos y rituales del pasado.


Reaparece así la preocupación de su obra por el tiempo como cómplice de un lenguaje que parece construido en otro momento de la historia. Su cuidadoso manejo de la técnica en las pinturas, así como  la construcción de pequeños objetos en porcelana que rozan los límites de la preciosidad, logran convocar una sensación de inmovilización eterna de una instancia del pasado que creíamos perdido.


De igual manera, la contemporaneidad presente en sus fotografías y esculturas realizadas en metal, que a modo de instalación se convierten en objetos con unas claras intenciones espaciales, se proyectan en una inmanente dimensión física donde el pasado se reactiva.


Por último, los dibujos en grafito y carboncillo revelan un minimalismo técnico que permite explorar conceptualmente cada rincón de posibilidades donde finalmente domina la atemporalidad.


El color ha sido un factor muy interesante en su evolución. En un principio deambulaba con cierta timidez por una paleta limitada, pero sombreada hasta los límites de  la visibilidad; terminaba en resultados con un claro acento fúnebre, fantasmagórico y lleno de melancolía.


En la actualidad, su paleta se ha cargado de amor y viveza, se ha expandido a territorios más experienciales y subjetivos: el vino tinto denotando espacios secretos, intensos, asociados al habitante de cada obra. El rosa, el color de la nostalgia del amor, de la majestuosidad de  la vida. El lila, presente a lo largo de toda la serie, con el cual nos habla de equilibrio y reparación; cuando se oscurece se convierte en inspiración y cuando se torna violeta habla de la verdad. En la paleta de tonos fríos, el azul está asociado a la sinceridad, a los recuerdos espirituales vividos en armonía; en la paleta de colores neutros se vincula a la fortaleza del dorado, color que ha utilizado trasversalmente a lo largo de su carrera. Por último reconocemos la clásica combinación blanco y negro, que en su caso amalgama la pureza y la magia del tiempo recobrado.


No hay gratuidad en la selección de su paleta, pero esto no la convierte en una obra colorista per se. De azúcar logra construir un territorio para sus obras en el cual color, forma y tema existen y cohabitan en proporciones equilibradas. 


Ana González es una artista versátil, un valor que podemos reconocer en esta serie resumen, donde además se identifica la constancia de la disciplina inscrita en su trabajo. Su cuidadoso proceso de auto observación otorga valor particular a cada obra; a la vez que genera un inventario de maravillosas virtudes, de tiempos interiores y de memorias colectivas recobradas a través de una sutil pero a la vez dramática paleta de colores.



Estefanía Sokoloff