De Azúcar

En cambio, aprovechaba apasionadamente del privilegio de la infancia para quien la belleza, el lujo, la felicidad, son cosas que se comen; ante las confiterías de la calle Vavin quedaba petrificada, fascinada por el brillo luminoso de las frutas abrillantadas, el tono más apagado de los bombones de fruta, la flora abigarrada de los caramelos ácidos, rojos, violetas; yo codiciaba los colores por sí mismos tanto como el placer que me prometían. A menudo tenía la suerte de que mi admiración terminara en placer. (…) El color rosado de los bombones se degradaba en matices exquisitos, hundía mi cuchara en una puesta de sol. (…) Mamá se sentaba ante el piano de cola, una señora vestida de tul tocaba el violín y un primo el violoncelo. Yo hacía crujir entre mis dientes la cáscara de una fruta abrillantada, una pompa de luz estallaba contra mi paladar con un gusto de casis o de ananá: yo poseía todos los colores y todas las llamas, las bufandas de gasa, los diamantes, los encajes; yo poseía toda la fiesta.

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De Azúcar

En cambio, aprovechaba apasionadamente del privilegio de la infancia para quien la belleza, el lujo, la felicidad, son cosas que se comen; ante las confiterías de la calle Vavin quedaba petrificada, fascinada por el brillo luminoso de las frutas abrillantadas, el tono más apagado de los bombones de fruta, la flora abigarrada de los caramelos ácidos, rojos, violetas; yo codiciaba los colores por sí mismos tanto como el placer que me prometían. A menudo tenía la suerte de que mi admiración terminara en placer. (…) El color rosado de los bombones se degradaba en matices exquisitos, hundía mi cuchara en una puesta de sol. (…) Mamá se sentaba ante el piano de cola, una señora vestida de tul tocaba el violín y un primo el violoncelo. Yo hacía crujir entre mis dientes la cáscara de una fruta abrillantada, una pompa de luz estallaba contra mi paladar con un gusto de casis o de ananá: yo poseía todos los colores y todas las llamas, las bufandas de gasa, los diamantes, los encajes; yo poseía toda la fiesta.


Fragmento de “Memorias de una joven formal” (Simone de Beauvoir), 1958



En éste proyecto, la memoria y los recuerdos de infancia son una parte importante en el trabajo de González. Como artista se interesa en esos pequeños detalles y rituales cotidianos, en convertir actividades infantiles como bailar, jugar a la pelota, festejar un cumpleaños o ir al parque, en un proceso escultórico y pictórico.


Aquí el trabajo de González está centrado en observar muy de cerca procesos tan sencillos como un juego o una fiesta familiar y reinterpretarlos como poniendo una lupa en su propia realidad. González parte de un microcosmos de pliegues de vestidos y de dobleces de los festones de papel y a través de una paleta de colores controlada crea un universo paralelo donde los recuerdos y la realidad fantasean y se unen de nuevo para dar paso a una nueva forma de memoria colectiva.


Se trata aquí de una obra que a través del oficio minucioso y de múltiples técnicas, magnificar momentos de infancia y darles una nueva proporción casi absurda y desmedida.